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  En torno a la primitiva Casa-Torre, en que Íñigo de Loyola nació en 1491 y se convirtió en 1521, ha sido edificado un enorme Santuario. En su centro se halla la Iglesia Basílica circular flanqueada por dos grandes alas que suman 150 metros de longitud. Con estas dos alas, y con su cuerpo posterior a manera de cola, el conjunto asemeja a una gigantesca águila de piedra.  
  Santuario: el conjunto
 Construcción I
 Construcción II
 El conjunto
 Las escaleras imperiales
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El enorme edificio del Santuario de Loyola se extiende a ambos lados y al fondo de la gran Basílica circular que ha sido edificada junto a la Santa Casa. Con ello, la reliquia que es la Santa Casa queda protegida y envuelta en un enorme relicario de mármol.

Este gran edificio, fundado inicialmente como Colegio, ha sido a lo largo de su historia Residencia de operarios en la que vivieron algunos famosos misioneros populares, Casa de ejercicios, Seminario para alumnos no jesuitas, Colegio de segunda enseñanza, Noviciado y Centro de estudios humanísticos de la Compañía de Jesús... Actualmente, y dado que en este edificio no se desarrollan actividades didácticas, no se le llama Colegio, sino Santuario. Vive en él una comunidad que ejercita actividades pastorales sobre todo en la Basílica de Loyola y en el adyacente Centro de Espiritualidad.

Este gran edificio central del Santuario de Loyola, diseñado por el arquitecto italiano Carlo Fontana y comenzado a construir en el siglo XVII, es un espléndido ejemplar, sólido y sobrio, de arquitectura barroca. Sobre un obligado plinto de piedra, que salva la pequeña loma sobre la que se asentaba la Casa Torre de Loyola, se alzan las tres plantas, con sabia progresiva disminución de su altura y del tamaño de sus ventanas.

El efecto estético del conjunto no está confiado a la complicación de los frisos, frontones o capiteles, sino al equilibrio de los volúmenes de sus alas y de sus áticos, al buen reparto de sus ventanas, a la calidad y a los tonos (gris paloma o rosa duquesa) del mármol labrado... Y esto es también barroco de la mejor calidad.

Desde cualquier ángulo que se lo mire, incluido el aéreo, el viejo Colegio de Loyola sabe perfectamente estar donde está, imponiéndose al paisaje sin perturbarlo: un fragmento del monte Izarraitz de cuyas piedras ha nacido, que ha bajado al valle para seguir imponiéndole su dominio. Pero un dominio que, de natural, se ha convertido en artístico y en sagrado: aquí la montaña ha dado a luz un Santuario.

En el interior, todos los tránsitos y los aposentos de la planta baja y del primer piso están cubiertos con bóvedas de arista (simples, en los tránsitos, y múltiples en muchos de los aposentos). Las bóvedas de los tránsitos se apoyan en arcos formeros transversales de mármol labrado, sustentados por ménsulas y pilastras adosadas hechas del mismo material. Las puertas de los aposentos son de sillería de mármol. Los pavimentos del ala Sur (la primera que se terminó antes de la extinción de la Compañía) son de losas de piedra en la planta baja y de gruesos tablones de castaño en el primer piso.

Recorrer los tránsitos de Loyola, (sobre todo los del ala Sur), para quien tenga sensibilidad histórica, propicia un viaje en el tiempo hasta los Siglos de Oro de la antigua Compañía de Jesús, la de antes de su extinción.

A continuación, llamamos la atención sobre cuatro de los ambientes más sugestivos de este inmenso edificio: las dos escaleras imperiales, el ante-refectorio y el refectorio.
 
Loyola, Águila de piedra
 
Un tránsito de Loyola
 
Los pavimentos del Santuario
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